martes, 10 de mayo de 2016

A FEDERICO




Romance de gigantes y estampas de oro.

Un grito osó levantar dos tijeras en cruz
mientras la muerte entraba y salía,
inocente,
como recién empujada
por aquellos campos amarillos.

Su nombre ya no llora, sus gritos
ya no visten las uvas de piel seca.

Debajo del olor a pólvora
hay una gota de sangre,
pero no de luna,
ni de mejilla, ni de moneda…
Hay una gota de sangre
en el hueco de su boca,
ella quisiera volver a cantar
entre verdes jaleos y tararas
llenas de perfume.

¡Mañanas de soneto y gacela!

Quiéreme viento, quiéreme palabra,
como él quiso a la luna,
al poeta de barba blanca,
al junco y al espino.

Quiéreme como él quiso a los olivares,
a la cruz de fuego, al pintor y la saeta.

Dos grandes mares
y un collar de perlas,
¿no habéis visto cómo
de resonante y profunda es su herida?

Este nombre nació salpicado de lunares,
¡este nombre que se repite una y mil veces
en el hueco de mis manos!

Federico, ¡ay Federico!,
háblame sobre la arena,
entre ramilletes y besos.
Háblame, poeta,
pronuncia mi nombre
y serás el cielo más alto
que habite en mi memoria.

Pilar Molina