sábado, 9 de enero de 2016

DONDE HABLAN LOS POETAS CUERDOS

                             Gustav Courbert "El desesperado", 1843-1845. Colección privada.



Recuerdo el sonido justo de sus pasos,
limpiaban mi costumbre
de guillotinas y salidas de emergencia.
Pienso que me hicieron más bien de lo debido,
¿quién dice que aquello no fuera poesía?
Así fue el agridulce plomo de nuestras manos,
una virtud casi mística convertida en primera vez.
A veces, o sin ellas,
el inconfundible sabor de su sexo
calmó sin prisa cada tímida torpeza, todo,
para no provocar el caos bajo mis dedos.
Le pienso a menudo sentado a un lado de la cama,
observando los últimos coletazos
de una jaula casi sublime.
Porque empezar fue como aprender en sí,
tuvimos que volver para no podernos,
aquella incertidumbre olía a cosas normales,
a historia recién contada, a hogar y techo.
Y queda bien que le recuerde.
Imaginad que un día despierto y
esta huída continuara intacta,
será curioso hacer las paces con el tiempo,
ambos somos inconformistas,
no paramos de pensar,
siempre obsesionados

por el lado más oscuro de los mapas.

Pilar Molina.